Curso de Introducción a la Política, por el Dr. Jesús Vallejo Mejía.

Curso de Introducción a la Política

Fecha de publicación en La Linterna Azul: 11/10/2019 | Curso de Introducción a la Política | Por el Dr. Jesús Vallejo Mejía | vallejomejia@gmail.com

Comparto con quienes tengan interés en el asunto los capítulos 2 y 3 del Curso de Introducción a la Política que dicté hace años en la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Son textos inéditos hasta ahora.

Desafortunadamente, no alcancé a redactar todos sus capítulos. Algunos quedaron en agraz. Los que acá envío versan sobre el conocimiento de la política y las grandes concepciones politológicas.

Nota de La Linterna Azul:

El doctor Vallejo Mejía, nuestro distinguido columnista, es uno de los más eminentes juristas de Colombia. Ha ejercido con gran éxito su profesión y se ha destacado como profesor universitario, especialmente en la Facultad de Derecho de la U.P.B de Medellín.

También fue Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, en la época en que aquella institución estaba integrada por verdaderos maestros del Derecho y era mirada por los colombianos con profundos respeto y admiración, y con una invariable confianza en su sabiduría y en rectitud.

Por eso nos honra que haya escogido este blog para publicar su Curso de Introducción a la Política, del cual anteriormente dimos a conocer su primer capítulo.

Por eso nos honra que haya escogido este blog para publicar.


CURSO DE INTRODUCCIÓN A LA POLÍTICA

CAPITULO II

EL CONOCIMIENTO DE LA POLITICA

1. El pensamiento político

Dentro de los temas que persistentemente han ocupado el pensamiento están los que tocan con la convivencia de los seres humanos y el poder que entre ellos se establece. Puede decirse entonces que toda sociedad ha producido algún tipo de pensamiento político, más o menos mítico o racional. Dicho pensamiento se pone de presente bien en opiniones ingenuas, ya en ideologías mediante las cuales no se trata propiamente de describir la realidad del mundo político, sino de interpretarlo y modelarlo.

A veces, esas ideologías se esmeran en proponer teorías con pretensión de verdad sobre los hechos políticos; en otras ocasiones, formulan doctrinas sobre lo deseable o lo indeseable de aquéllos, con propuestas de modelos que se estiman a la vez válidos y viables; a menudo, unas y otras se integran en concepciones políticas que aspiran a presentarse como conjuntos sistemáticos y ordenados de proposiciones en este campo, más predispuestas a motivar la acción que la reflexión, y fuertemente determinadas por la voluntad que antecede a la primera y la determina.1

Así entendidas, las opiniones ingenuas y las ideologías son parte del mundo político y, por consiguiente, hechos que constituyen objeto del conocimiento político, mas no éste propiamente dicho. Como tales, se las examinará más adelante, a propósito de la cultura política, de la cual hacen parte.

Por supuesto que ellas suministran informaciones necesarias para la comprensión de los fenómenos políticos, pero no es dable, sin antes someterlas a juicio crítico, afirmar sobre las mismas unos valores de verdad, que es a lo que se aspira cuando de la empresa del conocimiento se trata.

En un sentido riguroso, el conocimiento político se obtiene a partir de un conjunto de proposiciones integradas sistemáticamente y fundadas tanto en razones lógicamente concatenadas como en hechos empíricamente comprobados.

Tal es el propósito de la ciencia política o politología. Para entenderlo, conviene examinar otras aproximaciones al conocimiento político que derivan de la historia, la filosofía, el derecho, la economía y la sociología, pues ellas preparan el advenimiento de aquélla. Desde luego, también ilustran acerca de sus limitaciones, como en su momento veremos.

2. Consideración histórica de la política

Buena parte de los historiadores han hecho tradicionalmente historia política. En efecto, dentro de las acciones humanas, las que más han despertado su atención han sido las que podrían denominarse acciones políticas; lo mismo, las instituciones políticas constituyen el objeto social más llamativo para ellos. La formación de los sistemas políticos, las vicisitudes de su evolución, la lucha de los hombres por el poder, la expansión y la desintegración de los sistemas, las conquistas y las guerras, etc. son asuntos que con la mayor frecuencia se encuentran en los libros de historia. Solamente en la historiografía moderna el pensamiento se ha volcado con más interés hacia otros fenómenos sociales, lo que conlleva una visión más amplia que comprende las instituciones económicas, las familiares, las religiosas y lo que en una forma bastante comprensiva podría considerarse como la cultura. La tendencia a hacer historia social, de la cultura o simplemente historia económica, es reciente y corresponde a una etapa evolucionada del pensamiento.

No debe extrañar el interés preponderante de los historiadores por los fenómenos políticos, pues la acción política es la que se dirige más precisamente a la conformación del sistema social, a darle unidad y a estructurarlo en un todo orgánico, si bien, como observamos atrás, no puede considerársela como dotada de autonomía e independiente por lo tanto de los demás aspectos de la vida social.

En la consideración de los fenómenos políticos, cuyo marco fundamental en la Edad Moderna lo ofrece el Estado, los historiadores pueden ocuparse bien sea de los detalles, dando lugar con ello a una historia que describe los personajes y los acontecimientos significativos, o bien las causas y las estructuras de los procesos, mirados éstos en profundidad y procurando descifrar las grandes líneas de su evolución.

Todos estos puntos de vista son importantes para el conocimiento de la política y específicamente del Estado, que es un producto de la historia, pues nació en un determinado momento, ha evolucionado, se ha desarrollado y transformado, y puede verse abocado en el futuro a la desintegración o a ser superado por unidades sociales más amplias o reducidas. La comprensión del Estado o de cualquiera de las instituciones que lo integran no podrá lograrse entonces a cabalidad sin el auxilio de la ciencia histórica. Lo mismo cabe decir de los fenómenos políticos en general.

Sin embargo, la perspectiva histórica, más atenta a lo dinámico que a lo estático, a lo que cambia que a lo permanente, y a las relaciones que ligan el fenómeno con otros, más que a su propia configuración interna, no es del todo suficiente para el conocimiento de los fenómenos políticos y requiere ser complementada con otros puntos de vista.

Esto es más cierto en la época actual, en la que, según lo dicho, la historia tiende a ampliar el objeto de sus investigaciones a la cultura en general y a considerar en un segundo plano los fenómenos políticos, integrándolos en unos sistemas más extensos, junto con la economía, la religión, el arte, la tecnología, la familia, etc.

Por otra parte, el interés del historiador se centra principalmente en el pasado y aunque se diga que a la postre lo que busca es comprender el presente y preparar el futuro, su visión es casi siempre parcializada, pues tiende a desconocer lo nuevo y a exaltar lo antiguo. Por regla general, el análisis del presente que verifican los historiadores se realiza a través de la comparación o la analogía con los hechos pretéritos, los cuales vienen a considerarse como prefiguraciones de los actuales.

En fin, hay que considerar los sesgos que a partir de las preocupaciones por el presente pueden darse en la visión del pasado que elabora el historiador, cuya tarea se realiza principalmente a partir de la identificación, la selección y el escrutinio de los documentos que registran los hechos pretéritos.

De todos modos, vale la pena retener lo que dijo Lasky sobre el asunto:

“Soy partidario del estudio de la política a la luz de la historia. Saber cómo se han modelado nuestras tradiciones e instituciones, captar la evolución de las fuerzas que han configurado su destino- tal es, deseo demostrarles, la clave para su comprensión”2

3. Consideración filosófica de la política

La reflexión filosófica sobre la política tiene una remota y noble tradición en la historia del pensamiento. Casi todos los grandes filósofos se han ocupado de los asuntos políticos. Ello no es de extrañar, pues la política afecta radicalmente las condiciones y posibilidades de la vida humana.

Platón (“La República”, “Las Leyes”), Aristóteles (”La Política”), San Agustín (“La Ciudad de Dios”), Santo Tomás de Aquino (“El Régimen de los Príncipes”), Locke (“Ensayo sobre el Gobierno Civil”), Kant (“Principios

Metafísicos del Derecho”), Hegel (“Filosofía del Derecho”), Stuart Mill (“La

Libertad”), Spencer (“El Hombre contra el Estado”), Bertrand Russell (“El Poder en los Hombres y en los Pueblos”), Benedetto Croce (“Etica y Política”); Jacques Maritain (“El Hombre y el Estado”), son ejemplos de filósofos destacados que dejaron obras importantes acerca de la política. Otros hicieron de ella el tema principal de sus reflexiones; es el caso de pensadores como Maquiavelo (“El Príncipe”), Hobbes (“Leviatán), Montesquieu (“El Espíritu de las Leyes”), Rousseau (“El Contrato Social”) o Marx (“El Capital”), que habiendo investigado sobre diferentes aspectos de la realidad, pasaron a la historia ante todo como filósofos de la política, entendida ésta en la acepción más amplia.

De hecho, la especulación filosófica de Sócrates, Platón y Aristóteles acerca de la objetividad del bien, que da origen a una significativa corriente dentro del pensaamiento occidental, surge del clima de desorden político que padecían los Estados ciudades griegos en la época clásica.

Hay tres grandes capítulos en filosofía política. El primero toca con la epistemología, vale decir, las condiciones del conocimiento político. El segundo comprende cuestiones ontológicas relativas al ser de la comunidad política, a su naturaleza. El tercero es de orden axiológico y se refiere a la justificación del poder, a los valores que debe realizar y a la crítica de los sistemas políticos existentes3.

Este último es el aspecto que más interesa en la actualidad y de suyo justificaría plenamente la misión de la filosofía política. En efecto, en todo orden político se pretende realizar determinadas ideas acerca de la sociedad deseable, erróneas o verdaderas, buenas o malas, convenientes o inconvenientes, estructuradas o ingenuas, etc., que deben someterse a la crítica filosófica a fin de racionalizar la vida social.

Hay puntos de vista encontrados acerca del tipo de saber que ofrece la reflexión filosófica. Tradicionalmente, se ha considerado que es un saber fundamental y global, que apunta hacia las preguntas últimas o radicales acerca de la realidad. Pero la concepción moderna concibe el saber de los filósofos como un saber conjetural y residual que no ofrece certezas y se ocupa de los temas que las ciencias particulares no alcanzan a despejar.

Muchos discuten hoy en día la posibilidad de la filosofía política, especialmente desde el ángulo del positivismo, pero la crítica racional de la vida política y sus contenidos es inevitable, pues así esté erizada de dificultades, los hombres no pueden resignarse a aceptar que sea lo mismo lo justo que lo injusto, el crimen que el respeto a la dignidad humana, la miseria que el bienestar, la paz que la guerra etc.

A partir de estas consideraciones, señala Victoria Camps que la filosofía política se inscribe principalmente en lo que suele denominarse “filosofía práctica”, que es, a su juicio, un pensar sobre lo ocurrido, sobre los datos empíricos, sobre las instituciones, con el fin de aportar visiones más de conjunto y de razonar acerca de los hechos pasados o previsibles, así como sobre nuestra forma de aprehenderlos, clasificarlos y ponerlos en cuestión. Conocer la realidad para cambiarla sigue siendo el contenido de la filosofía y, muy especial, de la filosofía práctica”.4

Lo que precede abre un escenario de conexiones de diversa índole con la filosofía social y la jurídica, la Antropología filosófica y la teoría del conocimiento.

Desde luego que el campo de reflexión de la filosofía política es mucho más amplio y se extiende necesariamente a temas como el papel que le corresponde al Estado en la vida humana o los factores que hacen posible o inevitable el orden social.

Resulta difícil distinguir la filosofía política de las dos primeras. Quizás la diferencia radique en el énfasis que se pone en determinados temas. El filósofo del derecho se ocupa principalmente de la norma jurídica; el filósofo social reflexiona sobre la sociedad; el filósofo político centra su pensamiento en el poder. Pero estos objetos están relacionados tan íntimamente que resulta imposible estudiar cada uno de ellos sin examinar a fondo los demás.

Más complejo es el deslinde del quehacer filosófico y el ideológico. En efecto, ¿en qué medida toda proposición que se presente como filosófica tiene raíz u ofrece ribetes ideológicos? Hay que responder que es tema que no se resuelve a priori, sino mediante la crítica racional, sin la que toda concepción filosófica carecería de sentido. En último término, es dicha crítica racional y la búsqueda de fundamento también racional de nuestras ideas lo que justifica la labor del filósofo.

4. Consideración jurídica de la política

Tal vez no sea exagerado afirmar que quienes más han estudiado los fenómenos políticos han sido los juristas, por su vinculación con el Estado. Ya se anotó que entre el Estado y el Derecho hay íntimas conexiones: la fuente principal del Derecho se encuentra en la actividad de los órganos estatales, los cuáles a su vez forman parte de una estructura normativa que define su integración, su competencia y sus relaciones recíprocas. El Estado es, por consiguiente, tema obligado de análisis para el jurista.

De ahí que en la historia del pensamiento político figuren juristas eminentes como Cicerón, Bodino o Montesquieu, así como las maestros alemanes del Derecho público en el siglo XIX y la primera mitad del XX, tales como Jellinek, Kelsen, Heller o Schmitt, los mentores de la escuela francesa del servicio público (Duguit, Jéze, Hauriou, etc.) o los modernos iusfilósofos anglosajones que han rescatado el primado de los valores en los mundos jurídico y políticos (Dworkin, Rawls, etc).

La consideración jurídica del Estado ha dado lugar a varias disciplinas: el Derecho constitucional particular, así como otras ramas especiales del Derecho público, cuyo objeto es el estudio de las instituciones políticas de un país determinado; el Derecho constitucional comparado, que como su nombre lo indica compara las constituciones de varios Estados; el Derecho constitucional general, que según Biscaretti “Constituye un capítulo especifico de la teoría general del derecho, destinado a comprender en su esquema dogmático una serie muy amplia de instituciones de los más diversos ordenamientos políticos”.5 También el Derecho internacional público, que estudia las relaciones jurídicas entre los Estados.

El análisis jurídico del Estado, si bien es indispensable para su adecuada comprensión, es insuficiente, porque se ocupa principalmente del aspecto normativo de la vida política. Esta limitación es inherente al trabajo de los juristas como tales, lo que según Elías Díaz puede describirse así: “a) trabajo de localización de las normas válidas utilizables para el tratamiento de un caso concreto; b) trabajo de interpretación de las normas, de conexión de normas para la construcción de instituciones y conceptos jurídicos fundamentales, de unas y otras- normas e instituciones- en un todo coherente de carácter general; c) trabajo, finalmente de aplicación de las normas, para la resolución de casos concretos de la vida real y para la implantación de un cierto sistema de valores en una determinada sociedad”.6

Pero la preocupación principal del jurista por la normatividad, tomada como un conjunto de enunciados imperativos respaldados por autoridades legítimas, le hace perder de vista muchos aspectos de la vida política tal como efectivamente se desenvuelve en la realidad.

Un ejemplo ilustra esta afirmación. Al estudiar una institución política como el Congreso, el jurista mirará ante todo las normas que regulan su integración, su estructura, su funcionamiento, sus poderes, la jerarquía que le corresponde dentro del conjunto de órganos estatales, etc. Su investigación le permitirá saber quiénes tienen derecho a ser elegidos, cuáles son sus responsabilidades y sus limitaciones, cuándo debe reunirse y con qué requisitos debe sesionar, de qué asuntos puede ocuparse. Probablemente el esquema jurídico señale, en un país organizado conformé a la tradición liberal, una clara supremacía del Congreso sobre el Gobierno y los Jueces.

Sin embargo, el análisis jurídico por sí solo no dejará ver quiénes llegan efectivamente al Congreso, cuál es la composición social de sus integrantes y de qué medios se han valido para llegar a él, quiénes tienen más influencia en las deliberaciones y de dónde la derivan, cuál es el origen de las decisiones legislativas y qué tipos de argumentos pesan más en las deliberaciones, cuáles son el poder real del Congreso frente al ejecutivo y su verdadera influencia dentro de la comunidad, etc.

Para conocer estos aspectos, que constituyen la realidad de la institución, hay que ir más allá del método jurídico, o sea, hacer Ciencia Política. Sin embargo, no puede menospreciarse el saber de los juristas, porque la normatividad es ingrediente necesario del fenómeno estatal, que no solamente se configura por relaciones, procesos y estructuras sociales, sino por normas que intentan regularlos y tratan de modelar la realidad colectiva, entrando muchas veces en conflicto con ésta.

5. Consideración económica de la política

Política y economía van de la mano, si bien las ideas sobre una y otra no siempre coinciden e incluso plantean divergencias entre ambos sectores de la vida de relación.

Es claro que tanto la política como la economía tocan con las necesidades humanas y el esfuerzo que ha menester su satisfacción. Pero aquélla, según lo vimos atrás, se ocupa de las necesidades públicas, mientras la segunda comprende también las privadas. Además, la economía tiene que ver con lo que en términos no del todo claros y precisos se califica como vida material7. en tanto que la política se impregna a todo lo largo y ancho de valores que también en términos mal definidos hacen parte de la vida espiritual, tales como el bien común o la justicia.

Pero, dado que muchas de las exigencias públicas que formulan las comunidades se refieren específicamente a necesidades materiales o que los medios de satisfacción de necesidades espirituales implican el empleo de recursos económicos y que la acción política extiende sus efectos a la vida económica, así como la eficacia de aquélla depende de los resultados de ésta, los puntos de contacto y de fricción y de esas dos órdenes son bastante amplios.

Dice Prélot, que la economía política surgió en Francia en el siglo XVII, con la publicación que en 1615 hizo Montchrestien de un “Traité de Economíe Politique”, que dedicó a Luis XIII y su madre María de Médias. Su idea básica, recuerda Prélot, “es que el Estado debe comportarse, con respecto a sí mismo, como su se tratara de una casa cuyos limitados recursos deben administrarse juiciosamente. Montchrestien opone a la conducta dispendiosa del Estado, encarnada particularmente en los Valois, la idea de una gestión económica, o sea “familiar”. El Príncipe debe aplicar al Estado las leyes de administración de un hogar. De ese modo, Monchrestien hace que se reúnan dos órdenes de conocimiento que el Estagirita había distinguido cuidadosamente. Llama economía política a las reglas de una buena administración de los bienes del reino”.8

Dentro de la misma línea se inscribe la posición de Adam Smith, el padre de la economía política moderna, para quien ésta se entiende como “una rama de los conocimientos del legislador y del hombre de Estado, que se propone enriquecer a la vez al pueblo y al soberano, particularmente con el objeto de proporcionar al Estado renta suficiente para el servio público”9.

Así las cosas, los fundadores de la economía política parecen supeditar el reino de lo económico a lo político. Pero la evolución de las ideas ha conducido a lo contrario, vale decir, a que la política se considere como un mundo residual y de cierto modo perjudicial respecto del orden de la economía, idea que por igual comparten tanto los liberales como los socialistas del siglo XIX 10, y que es el núcleo de la explicación marxista de la vida social.

De ese modo, los grandes debates políticos en los dos últimos siglos han girado en torno de temas económicos como los que surgen de la polaridad capitalismo- socialismo y los intentos de superarla, o la que enfrenta al libre cambio y el proteccionismo.

Si bien los economistas estudian los fenómenos que les conciernen dentro del marco de los sistemas nacionales e internacionales, y le asignan gran importancia al tema de las políticas públicas11, tal como lo destaca Keynes, precisamente a partir de este último se ha producido en el último siglo una especie de colonización del tema político por el económico, en cuya virtud aquél no sólo tiende a examinarse desde el punto de vista de sus repercusiones en el desempeño de la economía, sino con base en esta última.

Por lo tanto, la teoría política a menudo se considera como un capítulo de la teoría económica, que conviene desarrollar partiendo de los modelos explicativos elaborados por ésta.

Buena cuenta de este modo de ver las cosas se da en una teoría económica de la democracia que pretende explicar su naturaleza y su funcionamiento en términos de intercambio entre electores y elegidos que se produce en un mercado en el que aquéllos compiten por el voto de éstos12.

Raymond Aron ha advertido acerca de las limitaciones y los sesgos que plantea este reduccionismo, el cual no es capaz de dar cuenta cabal del sentido de las acciones políticas en las que los valores juegan un rol nada despreciable.13

Con esta precisión, hay que observar, sin embargo, que el conocimiento de la política pasa en muy buena medida por el de la economía, por lo que los análisis que verifican y los resultados a que llegan los economistas deben considerarse cuidadosamente por quienes aspiran a entender adecuadamente los hechos políticos.

6. Consideración sociológica de la política

El desarrollo que en los últimos tiempos ha experimentado la ciencia de la sociedad permite acercarse con criterios más bien fundados a la realidad de las relaciones, las interacciones, las formas de sociabilidad, los procesos, las instituciones o los sistemas sociales, mediante la descripción de los comportamientos que los realizan, su clasificación, la explicación de sus funciones internas y externas, el análisis de las causas que los producen y de los factores que condicionan su evolución o inciden en ella, así como el descubrimiento de las relaciones que se dan entre los distintos fenómenos colectivos, etc.14

La sociología emplea en el estudio de la realidad social técnicas de investigación e instrumentos analíticos cada vez más refinados. En general, pueden advertirse en ella dos grandes tendencias.

La primera, más cercana a la filosofía, se orienta hacia una comprensión general de la vida social mediante el estudio de temas como la naturaleza de la sociabilidad humana, los factores fundamentales que la determinan, las leyes que rigen su evolución, los sistemas principales que la encuadran y la dependencia o supremacía que puede darse entre ellos, etc., A esta tendencia pertenecen las grandes síntesis que elaboraron los más destacados sociólogos del siglo XIX y principios del XX, como Comte, Marx, Durkheim, Weber o Pareto, y otros más recientes, como Sorokin, Parsons o Merton15.

La segunda, denominada sociología empírica, ha tenido especial auge en Norteamérica y se ha dedicado a estudiar aspectos concretos de la realidad social, descuidando en parte la obtención de conceptos generales y el análisis de sistemas globales. Temas de investigación de esta tendencia han sido, por ejemplo, la estructura y las funciones de la familia en determinadas regiones, los problemas raciales en las ciudades, la mentalidad religiosa en los campos, las condiciones de trabajo en las fábricas, el cambio cultural en las poblaciones, etc., procurando siempre establecer proposiciones basadas en situaciones sociales específicas. Podría decirse que este tipo de sociología se acerca a la estadística.

La sociología avanza, pues, en ambas direcciones, combinando los resultados del estudio teórico con los de la investigación empírica, de modo que éstos se encuadren en aquéllos, los cuales a su vez deben encontrar un respaldo o verificación en los hechos concretos. Su crecimiento ha dado lugar a la configuración de distintas ramas, dentro de las cuales descuella la sociología política, que se aplica al examen de este aspecto de la realidad social dentro del marco conceptual y metodológico de dicha disciplina.16

Son muchos los aportes que la sociología hace directa o indirectamente el estudio de la política, a partir de los conceptos más comprensivos acerca de la acción social, los grupos, las organizaciones, la presión y el control sociales, la dinámica del cambio, la cultura y los productos colectivos en general17.

7. La Ciencia Política

A partir del interés de los sociólogos en el estudio del Estado y, en general, de los fenómenos políticos, se ha llegado a considerar que éstos deben constituir el núcleo de una disciplina especial, derivada de la sociología: la ciencia política o politología18.

Tradicionalmente, al Estado no se lo ha considerado como un grupo social entre otros, sino como el grupo más importante, cuando no como la colectividad por excelencia. Evidentemente, el mismo juega un papel muy destacado en la vida social y puede decirse que prácticamente no hay aspecto alguno de las relaciones interhumanas que escape a su influencia. Es además un grupo que goza de una organización muy extensa y compleja, con funciones muy variadas. Son en realidad muy pocas las agrupaciones que podrían compararse con él, lo que se presta para pensar que, si al menos no se diferencia esencialmente de las demás, sí requiere de todas maneras una consideración especial a través de métodos y criterios que se adapten a sus peculiaridades.

De esa manera, una corriente tradicional de la ciencia política considera que su objeto más propio es precisamente el Estado. Por ejemplo, Jean Blondel afirma que “los politólogos no pueden sustraerse a la presencia de gobiernos que tienen una existencia concreta, que poseen un poder sin par sobre los individuos y que constituyen el foco sobre el que se concentra la atención de muchos individuos, y realmente de toda la sociedad, aunque sea intermitente. Esta faceta del gobierno es el mayor agobio de los politólogos, su problema de mayor magnitud, pero también es lo que constituye su tarea más estimulante”19

Lasky es de la misma opinión.20

Pero los politólogos actuales se interesan más por el fenómeno del poder a cuyo alrededor consideran que se mueve el mundo político. Sostienen que su presencia en todos los aspectos de la vida social justifica que el mismo constituya el objeto de la ciencia política, es decir, que dentro de las relaciones sociales que estudia la sociología se aisle la relación de poder y se la someta a un estudio especializado, por las características peculiares que la rodean. Un ejemplo de interés especial por el poder se encuentra en Bertrand Russell, quien en las páginas iniciales de su obra “El poder en los hombres y en los pueblos” dice: “En el curso de este libro tendré ocasión de demostrar que el concepto fundamental de la ciencia social es el poder, en el mismo sentido en que la energía es el concepto fundamental de la física”.21

Dentro de este enfoque, el poder del Estado resulta análogo al que se ejerce en cualquiera otra colectividad y sólo podría diferenciárselo por notas secundarias, como su mayor intensidad o la complejidad de la organización de que lo actúe, pero sin que estas características justifiquen la creación de una disciplina especializada.

Por otra parte, se considera que la categoría del Estado no es lo suficientemente nítida y relevante para centrar en ella el interés científico por la política, cuyas manifestaciones desborden el ámbito estatal y muchas veces incluso lo ignoran. Aquí se plantean dos tesis: a) los Estados son disímiles, pues tanto lo es China, con 1.200.000.000 de habitantes, como Nauru, que es minúsculo, lo que impide contar, a partir de esta categoría, con un campo homogéneo de observación; b) hay mucha política que transcurre por fuera del Estado, fenómeno que además se está incrementando en la actualidad.22

Dicen Dowse y Hugues:

“La ventaja de este enfoque es la mayor amplitud de su campo de análisis, pudiendo examinar en el marco de la política una variedad de estructuras e instituciones que de otra forma se perderían para su estudio. El caso de la sociedad sin Estado constituye un ejemplo evidente; los gobiernos privados y los modelos de socialización en la familia y la situación laboral, que tienen implicaciones en la vida política, constituyen ejemplos adicionales. En otras palabras, la concepción más amplia de la política tiende a resaltar la importancia política potencial de casi todos los aspectos de la vida social no relacionados directamente con el gobierno y el Estado. De esta forma, al tener un impacto, manifiesto o no, en el sistema político, todos las estructuras y procesos pasan a tener interés para el estudiante de la vida política”.23

Se observa que fuera del Estado hay otras instituciones políticas exteriores a él (interestatales, extraestatales o supraestatales) o interiores (paraestatales, hasta contraestatales), que hacen del mundo político algo más versátil y diferenciado que si se lo mirara preferentemente desde la perspectiva de la institución estatal.

Además, en el mundo político no sólo tienen cabida fenómenos institucionales que obedecen a la idea de ordenación de la sociedad, sino fenómenos por así decirlo desordenados e incluso caóticos, que obran al margen de la institucionalidad y pueden alterarla.24

El poder ofrece por consiguiente un campo más amplio para la observación de los fenómenos políticos. Pero, dada su vastedad, ya que abarca tanto macropoderes como micropoderes, parece más conveniente circunscribir la ciencia política a las relaciones hegemónicas que se dan en el marco de aquéllos.25

Lo que precede significa que no todo poder es político y no sólo lo estatal cabe dentro de esta categoría, la cual comprende una variada gama de fenómenos estructurales, funcionales, simbólicos, interrelacionales y dinámicos que tienen en común sus nexos con la dirección general de la sociedad, la convivencia, la satisfacción de necesidades comunes, el control social , y en últimas, el uso de la fuerza física para mantener o modificar un orden colectivo.

Si bien hay una valiosa tradición de pensamiento político con pretensiones científicas que viene desde Aristóteles y pasa por Ibn Jaldún, Maquiavelo, Montesquieu o Tocqueville hasta llegar a la sociología, la ciencia política sólo se consolidó como disciplina autónoma en el transcurso del siglo XX y más especialmente después de la II Guerra Mundial. A diferencia de la segunda, que surgió en Europa y luego se desarrolló en los Estados Unidos, la ciencia política, tal como hoy en día se la concibe, ha tenido su mayor importancia en Norteamérica, pasando después a ocupar la atención de los europeos26.

Por otra parte, su evolución la ha llevado de los estudios empíricos y concretos a la formulación de teorías más generales. En efecto, en un principio los temas preferidos por los investigadores fueron los relacionados con el comportamiento político; por ejemplo: estudios empíricos sobre los procesos electorales, sobre la organización de los partidos políticos, sobre los modos de acción de los grupos de interés, sobre el funcionamiento de los cuerpos colegiados, sobre las tendencias de la burocracia, etc. El intento de formular hipótesis sobre un sistema político en especial, o sobre un conjunto de sistemas, es más reciente y no puede decirse que haya sido abordado aún con pleno éxito, si bien existen obras muy interesantes que tratan de abarcar de una manera general, pero con pretensiones científicas, la realidad de los gobiernos actuales. 27

A la luz de lo que antecede, por iniciativa de la UNESCO se propuso en 1948 un programa de estudio centrado en cuatro temas fundamentales, a saber:

1. La teoría política

a) La teoría política;
b) La historia de las ideas;

2. Las instituciones políticas

a) La Constitución;
b) El gobierno central;
c) El gobierno regional y local;
d) Las funciones económicas y sociales del gobierno;
e) Las instituciones políticas comparadas.

3. Partidos, grupos y opinión pública.

a) Los partidos políticos
b) Los grupos y las asociaciones;
c) La participación del ciudadano en el gobierno y en la administración;
d) La opinión pública.

4. Las relaciones internacionales.

a) La política internacional;
b) La política y la organización internacional:
c) El Derecho Internacional. 28

Esta lista se revisó en 1957 por Reinhrrd Bendix y Seymour M. Lipset, quienes propusieron cinco grandes temas: comportamiento electoral; toma de decisiones políticas; ideologías de los movimientos políticos y grupos de interés; partidos políticos, grupos voluntarios y oligarquía; gobierno y problemas de la administración.29

Según cita de Ramos Jiménez, para el New Handbook of Political Science, los temas fundamentales que ameriten investigación prioritaria son lao siguientes:

  • Instituciones políticas.
  • Comportamiento político.
  • Política comparada.
  • Relaciones internacionales.
  • Teoría política.
  • Política pública y administración
  • Economía política
  • Metodología política. 30

Al tenor de estos listados, queda la impresión de que la ciencia política aun no supera la etapa de la taxonomía, vale decir, la identificación, descripción y clasificación de fenómenos que se yuxtaponen conceptualmente sin considerar criterios o principios de articulación que expliquen los nexos que median entre ellos.31 Es tema que consideraremos en seguida.

8. Naturaleza de la ciencia política.

Siguiendo a Roland Omnés 32 puede considerarse que la ciencia aspira a obtener una representación coherente de la realidad, fundada en evidencias empíricas y razonamientos lógicos.

A partir de datos empíricos que alimentan la percepción, nos formamos imágenes que decantamos en ideas abstractas, cuya formalización es el instrumento conceptual de las ciencias.

Recuérdese que cada ciencia se ocupa de cierta parcela de la realidad que debe, ante todo, identificar del modo más preciso posible, diferenciéndola de otras. Si bien todos los segmentos de la realidad se interrelacionan e interactuan, para que la tarea científica sea viable es necesario separarlos así sea idealmente de sus contextos, fijando en cada uno de ellos lo que Prélot denomina un interés selectivo, tal como lo explica en los términos siguientes:

“Es propio del espíritu humano elegir en el seno de la realidad, en sí misma indiferenciada, aquello que desea conservar. Intereses muy distintos pueden manifestarse con respecto a los mismos datos globales. Un paisaje no es en sí mismo más que un conjunto de elementos diversos, entre los cuales la persona del observador establece una conexión. No tiene el mismo sentido para el pintor que ve en él un conjunto de colores y de líneas, para el poeta que lo siente como la traducción de un estado de alma, para el general interesado en la mejor utilización táctica del terreno, para el geólogo que adivina bajo el suelo las capas rocosas, para el agricultor, en fin, que se pregunta cuantas bolsas de trigo podrá recoger. Todas estas lecciones son legitimas e igualmente válidas” 33

Con el propósito de identificar su objeto, cada ciencia elabora y adopta una serie de definiciones que la guían en la exploración de la realidad. Son sus conceptos fundamentales, que van acotando territorios y señalando el camino, Sobre estas bases, se procede a describir el campo de estudio, entrando luego en el detalle de cada uno de su ingredientes, lo que implica identificar estructuras, funciones y relaciones tanto en el interior de los mismos como entre ellos. Entonces se pasa a clasificarlos. Tal es el propósito de la taxonomía.

Hasta este punto, la tarea científica anda, por así decirlo, a tientas y con balbuceos. Empieza a caminar derecho cuando descubre reiteraciones en los fenómenos, que le permiten representar el mundo “como encerrado en una estrecha red de reglas”34, según señala Omnés, a saber: las reglas empíricas, los principios y las leyes.

“Las reglas empíricas- escribe Omnés- son innumerables, ya que para empezar hay entre ellas lo que se podría llamar las reglas primarias, de hecho todas las que provienen de la experiencia indefinidamente repetida. Las hojas amarillean en otoño, el sol es rojo al ponerse, los gatos tienen bigotes, la piel de las naranjas es de un cierto color; todo esto es de alguna manera una colección de reglas primarias que proceden de la repetitividad de las cosas y que tejen nuestra representación visual y nuestro lenguaje35

Los principios aspiran a ser universales y, por consiguiente, más comprensivos que las reglas empíricas. Su alcance, explica el autor citado, se extiende tanto a lo conocido como a lo desconocido. Supera, por consiguiente, la experiencia empírica. Es el caso, en la física, del principio de gravitación universal, o del de la evolución, en la biología 36

“Las leyes- prosigue Omnés- , en el sentido en que las entendemos aquí, son otras tantas consecuencias particulares que se pueden deducir de principios y que se aplican a una categoría de fenómenos especificada. Así, las reglas de Kepler han superado después de mucho tiempo el estadio empírico para ser consideradas como una consecuencia directa de los principios de Newton. En nuestro lenguaje, han pasado del estadio de reglas empíricas al de leyes. Estas últimas son así, de alguna manera, las hijas de los principios, sus consecuencias, su producto, así como el medio para juzgarlas” 37

De acuerdo con lo que precede, la representación de la realidad a que aspira la ciencia se logra a partir de la observación metódica de los hechos, que da lugar a descubrir reglas empíricas, proponer principios explicativos y formular leyes que no sólo explican cómo se producen aquéllos, sino permiten prever su ocurrencia, dentro de unos criterios de universalidad y coherencia lógica.38

Señala Omnés que la construcción de la ciencia pasa entonces por cuatro estadios, a saber: la exploración, que es una etapa empírica de observación de los hechos y constatación de reglas empíricas; la conceptualización, que consiste en identificar y seleccionar conceptos adecuados para representar y regir la realidad; la elaboración, que desarrolla las consecuencias de los principios; y la verificación, en cuya virtud la teoría se somete a la prueba de la experiencia.39

Este modelo de quehacer científico fluye de la consideración de las ciencias naturales. Pero a menudo se cree que las ciencias humanas obedecen a otros esquemas.

Por una parte, hay la opinión de que son ciencias que no aspiran a explicar exhaustivamente los hechos de que tratan, pues no están en capacidad de ir más allá de la constatación de correlaciones empíricas y regularidades estadísticas que señalan tendencias, pero no permiten formular previsiones acerca de fenómenos inexorables.

En el fondo, pretenden ante todo comprender esos hechos, lo que entraña superar la descripción de fenómenos objetivos para penetrar su sentido interno. Ello conduce a considerar motivos y fines condicionantes de la acción humana, y por consiguiente, los valores que la inspiran.

Los primeros son hechos incluso culturales que anteceden a la acción y permiten explicarla como respuesta a los mismos. El modo como se vinculan motivos y comportamiento no es propiamente causal, si bien no faltan las ideologías que tratan de explicar la acción colectiva por factores determinantes. Los fines tocan con las situaciones de hecho que se aspira a configurar como resultado de la acción; miran, por consiguiente, hacia el futuro. Tanto en los motivos como en los fines se ponen de manifiesto valores en virtud de los cuales se los estima positiva o negativamente.

Los valores, por supuesto, son impertinentes en lo que concierne a las explicaciones causales que ofrecen las ciencias de la naturaleza, aunque en éstas no dejan de jugar un papel destacado la verdad y la utilidad. En cambio, por lo menos hay que describirlos al momento de abordar los fenómenos humanos. De lo contrario, no sería posible entender por qué los hombres actúan de una u otra manera.

Ubicados en la esfera del valor, cabe preguntarse si la comprensión de los fenómenos humanos, sean individuales o colectivos, se hace posible a partir de la mera descripción del contenido de los valores tal como los imaginan los individuos y las comunidades, así como su realización en la vida práctica, las consecuencias que para ella representan y los objetos o situaciones en que se los representa.

A partir de esta presencia de los valores en la realidad individual y comunitaria, se discute si las ciencias humanas son meramente descriptivas o son también prescriptivas40.

9. La ciencia política como ciencia prescriptiva.

Al tenor de la influencia del positivismo en la configuración de las ciencias sociales y, por consiguiente, de la politología, suele considerarse que sus cometidos se limitan a la descripción y, a lo sumo, la comprensión de los hechos que se estudian.

Este punto de vista se aparta de la teoría de la ciencia que se cultivó en la Grecia clásica y tuvo gran influencia en la cultura occidental hasta el siglo XVII, en cuya virtud la racionalidad de la tarea científica implicaba ocuparse no sólo de lo real, sino de lo ideal, que es modelo de aquello y señala tanto la fuente de su configuración como las tendencias de su dinamismo.

A la luz de esta perspectiva, lo real no puede estudiarse con prescindencia de lo ideal que lo anima y fija el diseño de su perfección.

Las razones para considerar tan solo hechos y no paradigmas o modelos son palmarias en lo que al mundo natural concierne, pues los fenómenos físicos y biológicos son como son, por lo que resulta impertinente investigar si se ajustan a algún modelo ideal o qué finalidades deberían animarlos, diferentes de las funciones que efectivamente realizan. No obstante ello, las proposiciones científicas acerca de los fenómenos de la naturaleza no son del todo ajenas al valor, pues ellas trasuntan, ante todo, el valor de la verdad, y de manera secundaria pero no exenta de importancia, la utilidad.

Según lo expuesto atrás, en las ciencias sociales hay que considerar que los ideales son parte de la realidad humana y no se los puede dejar de lado al momento de comprender tanto el comportamiento de los individuos como las acciones sociales.

Que los hombres actúan de maneras muy diversas, es un dato que no puede discutirse; que consideran que hay unas maneras mejores de obrar que otras, tampoco es tema de controversia. Que podamos saber cuáles maneras de obrar son preferibles a otras, es en cambio asunto que se presta a tan arduos debates que muchos prefieren eludirlos y hasta opinar que son insolubles a la luz de la razón.

Aquí radica precisamente el meollo del asunto que se considera. En efecto, ¿será cierto que la razón no puede guiarnos en torno de lo que debemos preferir? ¿Obedecerán los criterios de nuestras preferencias a factores emocionales más o menos caprichosos? ¿Será del todo impertinente una ciencia que se ocupe de los criterios más adecuados para decidir sobre nuestras preferencias?

En un estudio digno de considerarse con mayor detenimiento, Antoni Domenech señala que, así como la lógica nos indica cómo debemos pensar, cabe esperar que la ética nos ilustre acerca de cómo debemos actuar 41.

Desde luego que cuando se trata de la conducta humana no es posible considerar la misma racionalidad que se pone de manifiesto en los hechos

naturales. Ya Aristóteles había puesto de presente que estos últimos ocurren de conformidad con procesos causales, que se repiten de modo determinista, mientras en los primeros se manifiesta la libertad y se dan, por lo tanto, desarrollos aleatorios. De ahí que el Estagirita observara que al momento de decidir debemos consultar ante todo la prudencia 42.

Otro aspecto del pensamiento aristotélico que debemos traer a colación es su insistencia en que la acción humana, tanto individual como social, se orienta en procura del bien en que consiste la perfección de su naturaleza, aunque puede desviarse de ello, no sólo por ignorancia del bien mismo, sino porque falla la voluntad.

De ese modo, cabe considerar las formas óptimas de acción y de organización, en contraste con las desviadas.

Se sigue de ahí que el pensamiento clásico no se ocupaba de la política a secas, sino, ante todo, de la buena política, considerando que la razón que da cuenta de lo que es, también puede mostrarnos con fuerza de convicción universal lo que debe ser 43.

El dogma kantiano, fundado en Hume, acerca de la fisura lógica entre estos dos universos, basado en que nunca un juicio sobre lo que es podrá validar un juicio sobre lo que debe ser, ha jugado un papel muy significativo en la exclusión de los valores como objeto de estudio racional, relegándolos a servir de meras formas ideales a las que remite la acción humana, cuyos contenidos no son susceptibles de consideración racional, sino apenas de descripción abstracta.

Así las cosas, la vieja insistencia del pensamiento católico, reiterada en la doctrina social de la Iglesia, acerca de la necesidad de comparar la realidad social con los ideales a su juicio fijados por Dios y presentes tanto en la naturaleza como en la razón rectamente ejercida, suele mirarse hoy como resto anacrónico de un pensamiento ya definitivamente superado por la modernidad.

Pero la idea de una ciencia de la buena política ha renacido en otros ambientes intelectuales que siguen de distintas maneras la orientación de Marx y sus discípulos.

De ahí, la noción de una ciencia crítica encargada de denunciar las hegemonías y la opresión, que a diferencia de las empíricas- analíticas y las históricas- hermenéuticas, considera Habermas que debe centrar su interés en la emancipación del hombre, a partir del estudio de las condiciones reales que rodean su existencia y de las posibilidades que le ofrece cada coyuntura. Esta noción parte de que se hace menester una tarea intelectual que satisfaga tanto las exigencias de la razón como la realidad de los hechos, destinada a sentar las bases de un orden que genere las condiciones adecuadas para que los seres humanos convivamos dignamente en libertad e igualdad, y podamos realizarnos con autonomía.44

Por otra parte, señalan Marsh y Stoker 45 que desde los años setenta del siglo pasado ha venido cobrando fuerza una teoría normativa que aspira a aplicar principios morales a la esfera a de las relaciones políticas, no sólo a partir de razonamientos abstractos, sino del análisis detallado de las instituciones y de las políticas que efectivamente se instrumentan y ponen en ejecución. Se menciona como autores significativos dentro de esta corriente a John Rawls y Robert Nozick, en la medida que, si bien sostienen puntos de vista divergentes acerca de los principios morales que consideran relevantes para el examen del mundo político, en todo caso afirman que la moralidad, de cualquier modo que se consideren su contenido y su orientación, debe tomarse en cuenta a la hora de reflexionar sobre el mismo.

Por este sendero, se llega a la formulación de dos clases de teorías que, según Marsh y Stoker, intentan relacionar los valores con los hechos, a saber: “Las teorías prescriptivas son instrumentales: se interesan por los métodos más apropiados para alcanzar una situación deseable. La teoría evaluativa valora una situación dada en función de un conjunto de conceptos y valores.”46

No puede ignorarse que, de ese modo, la ciencia política se torna inseparable de una antropología que tome nota de los ideales de autorrealización humana, justicia y libertad, así como de sus posibilidades de llevarlos a la práctica social. Ello entronca con la consideración aristotélica del hombre como animal político, por cuanto la comprensión del mundo de la política sólo puede intentarse desde cierta idea de la naturaleza humana.

En rigor, las grandes concepciones politológicas que examinaremos en el capítulo siguiente se diferencian por la manera como responden a la pregunta “¿qué es el hombre?”, y dichas respuestas sirven de marco de sus proposiciones. Se pone así de manifiesto la dificultad de trazar una línea divisoria clara entre la filosofía y la ciencia política.


1 Prélot, Marcel, “La Ciencia Política”, Eudeba, Bs, Aires, 1964, p. 62 y s.s.; Chatelet, Francois y Pisier- Kouchner, Évellyne, “Les Conceptions Politiques du XX Sigle”, PUF, París

2 Lasky, Harold, “Sobre el estudio de la política”, en “El peligro de ser gentleman”, Paidós, Bs, Aires, 1961, p. 65.

3 Mario Justo López, “Introducción a los Estudios Políticos”, Kapelusz, Bs,. Aires, 1969, Vol. I. Cap 4; Strauss, Leo, “¿Qué es filosofía política?”, Guadarrama, Madrid. 1970, p. 14.

4 Camps, Victoria, “Introducción a la Filosofía Política”, Crítica, Barcelona, 2001, p. 9.

5 Biscaretti, Paolo, “Introducción al Derecho Constitucional Comparado”, FCE, México, 1975, cap. I.

6 Díaz, Elías, “Sociología y Filosofía del Derecho”, Taurus, Madrid, 1971, p. 70.

7 Zamora, Francisco, “Tratado de Teoría Económica”, FCE, México, 1964, p. 12 y s.s.

8 Prélot, Marcel, op.cit.,p. 29

9 Prélot, Marcel, op.cit., p. 30

10 Prélot, Marcel., op. cit., p. 31 y ss.

11 Samuelson, Paul A., “Curso de Economía Moderna”, Aguilar, Madrid, 1958, partes I, II y III.

12 Albi, Emilio, “Público y Privado- Un acuerdo necesario”, Ariel, Barcelona, 2000, p. 11 y s.s.

13 Aron, Raymond, “A propósito de la teoría política”, en “Estudios Políticos”, FCE, México, 1997, p. 163.

14 Zetterberg, Hans, “Teoría y Verificación en Sociología”, Ediciones Nueva Visión, Bs. Aires, 1971.

15 Aron, Raymond, “Las Etapas del Pensamiento Sociológico, Siglo Veinte, Bs. Aires, 1970; Timasheff, Nicholas S., “La Teoría Sociológica”, FCE, Bogotá, 1977; Lugan, Jean- Claude, “Elementos para el Análisis de los Sistemas Sociales”, FCE, México, 1995; Bernstein, Richard, J., “La Reestructuración de la Teoría Social y Política”, FCE, 1982.

16 Duverger, Maurice, “Sociología Política”, Ariel, Barcelona, 1968; id., “Sociología de la Política”, Ariel, Barcelona. 1975: Dowse, Robert, y Hughes, John A., “Sociología Política”, Alianza, Madrid, 1975; Horowitz, “Fundamentos de Sociología Política”, FCE, Madrid, 1977; Mackenzie,W.J.M., “Política y Ciencia Social”, Aguilar, Madrid, 1972; Cot, Jean Pierre y Mounier, Jean- Perrie “Sociología Política”, Editorial Blume, Barcelona, 1978, Ramos Jiménez, Alfredo, Comprender el Estado: Intruducción a la Politología”, Universdad de los Andes Centro de Investigaciones de Política Comparada, Mérida, Venezuela, 1999.

17

1817. Rocher, Guy, “Introducción a la Sociología General”, Herder, Barcelona, 1985; Bottomore, Tom, “Introducción a la Sociología”, Ediciones Península, Barcelona, 1968.

Prélot, Marcel, op.cit., p. 53 y s.s.

19 Blondel, Jean, “Introducción al Estudio Comparativo de los Gobiernos”, Revista de Occidente, Madrid, 1972, p. 16.

20 Lasky, Harold, “Introducción a la Política”, Siglo XX, Bs. Aires, 1960, p. 7 y s.s.

21 Russell, Bertrand, “El Poder en los Hombres y en los Pueblos”, Losada, Bs. Aires, 1960, p. 10.

22 Bilbeny, Norbert, “Política sin Estado”, Ariel, Barcelona, 1998; Strange, Susan, “La Retirada del Estado”, Icaria Editorial, Barcelona, 2001.

23 Dowse y Hugues, op.cit., p. 21.

24 Balandier, Georges, “El Desorden: La Teoría del Caos y las Ciencias Sociales- Elogio de la Fecundidad del Movimiento”, Gedisa Editorial, Barcelona, 1999.

25 Ramos Jiménez, Alfredo. op.cit., p. 67

26 Ramos Jiménez, Alfredo, op.cit., p. 67 y s.s.

27 op.cit., p. 67 y s.s.

Finer, “Teoría y Práctica del Gobierno Moderno”, Tecnos, Madrid, 1964; Blondel, Jean, op. cit.

28 Prélot, Marcel. Op.cit., p. 59 y s.s.

29 Ramos Jiménez, Alfredo, op.cit., p. 43.

30 Ramos Jiménez, Alfredo, op.cit., p. 434

31 Zetterberg, Hans, op.cit., p. 30

32 Omnés, Roland, “Filosofía de la Ciencia Contemporánea”, Idea Books, Barcelona, 2000, p. 273 y s.s.

33 Prélot, Marcel, op. cit., p.57

34 Omnés, Roland, op.cit., p. 275

35 Omnés, Roland, op.cit., p. 276

3632 Omnés, Roland, op.cit., p. 276

37 Omnés, Roland, op.cit., p.276-7

38 Omnés, Roland, op.cit., p. 294

39 Omnés, Roland, op., cit., p. 294 y s.s,.

40

41 Domenech, Antoni, “De la Etica a la Política- De la razón erótica a la razón inerte”, Editorial Crítica, 1989, p. 22 y s.s.

40 De Jouvenel, Bertrand, “Teoría Pura de la Política” Revista de Occidente, Madrid, 1965, p. 11 y s.s.; Voegelin, Eric, “Nueva Ciencia Política”, Rialp, Madrid,. 1968.

42 Aristóteles, “Etica Nicomaquea”, en “Obras Completas”, Aguilar, Madrid, 1964, p. 1244-5.

43 Strauss, Leo, “Qué es Filosofía Política”, Guadarrama, Madrid, 1970, p. 33 y s.s.

44 Bernstein, R.J., op.cit., Capítulo IV, p. 218 y s.s.

45 Marsh, David y Stocker, Gerry (eds.), “Teoría y Métodos de la Ciencia Política”, Alianza Editorial, Madrid, 1997, p. 20

46 Marsh, David y Stocker, Gerry (eds.), op. cit. p. 28. (Las subrayas son textuales).

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