LA PROTESTA: UN DERECHO Y UNA OBLIGACIÓN DEMOCRÁTICA, por Doña Helena Baraya de Ospina.

Helena Baraya de Ospina

EDITORIAL – LA PROTESTA: UN DERECHO Y UNA OBLIGACIÓN DEMOCRÁTICA

2/12/2019 | Por Helena Baraya de Ospina

Helena Baraya de Ospina

Los trágicos y vergonzosos acontecimientos de los últimos días en Colombia, además de causar temor, tristeza y confusión en los sentimientos de los colombianos, han sacado a la luz una parte deplorable de la personalidad de unas minorías, que consiste en el profundo egoísmo con el que cada uno mira la situación, desde su propia conveniencia, olvidando el interés general y lo que debiera ser el objetivo prioritario: nuestro querido país.

Desde que los ciudadanos tienen la libertad y el derecho democrático de salir a reclamar, más aún yo diría que tienen la obligación de hacerlo, cuando los gobiernos y sus dirigentes no cumplan a cabalidad con su deber. En Colombia SI hay muchos motivos y de sobra para esto, entre los muchos problemas que tenemos por solo enumerar algunos se encuentran: La falta de empleo, la salud, la educación, la gran corrupción e ineficacia política, el narcotráfico, el exceso de presión fiscal, las bajas pensiones y ni para que hablar de las Cortes y el sistema judicial

Pero salir a destruir lo que les pertenece a los ciudadanos, especialmente a los menos favorecidos, y que nos perjudica a nosotros mismos, como el hundimiento de nuestra maltrecha economía, no es ni inteligente, ni de recibo.

En estas últimas protestas vemos que hay unos grupos bien diferenciados. Unos que ejercen con un diálogo civilizado su derecho legítimo a la protesta pacífica, y los otros que, aprovechando ciertas circunstancias de un derecho democrático, lo utilizan para crear el caos y el terror para obtener réditos políticos, los cuales no han logrado en las urnas por los cauces democráticos.

¿Pero a qué se debe ese sentimiento social al que hoy en día hemos llegado? Aquí no faltan dirigentes antidemocráticos que, para obtener beneficios políticos, y aprovechándose de que en nuestros países existen problemas y desigualdades, han sembrado entre la sociedad el odio, de tal manera que se ha formado una sociedad dividida, y lo que es peor, polarizada, lo cual causa desencuentros, violencia y luchas sociales, con la falsa promesa que mejorar la situación del país. Lo único que logran es más terror y muerte.

Esto nos trae a la memoria el pensamiento de Mariano Ospina Hernández, que dedicó parte muy importante de su vida a estudiar la problemática del pueblo colombiano y cómo mejorar su calidad de vida. Él se preguntaba: ¿Cómo Colombia un país tan rico en todos sus aspectos, que Dios lo ha dotado como a ningún otro, puede ser pobre? Si tenemos dos mares, montañas, grandes ríos, nevados, llanuras, selva y riquezas naturales incalculables. ¿Con toda esa riqueza, qué nos ha faltado? ¿En qué hemos fallado? Y repetía una y otra vez, “La causa y raíz de los males de nuestros compatriotas es la pobreza, no solo esa que consistente en la falta de dinero, sino en tres diferentes clases que definió así:

La pobreza económica, es decir la falta de recursos monetarios.

La pobreza intelectual, que es la correspondiente a la carencia de formación y educación en todos sus niveles.

La pobreza moral, que consiste en la escasez de principios y valores, que enriquecen la existencia y definen las relaciones del hombre para con el hombre. Lo que se traduce “La civilización contra la barbarie”.

Tal es el caso colombiano, que, como parte del proceso de violencia desatada por la acción de algunos líderes que diciendo que quieren acabar con la desigualdad, lo único que logran es ahondarla y aprovecharse de estas circunstancias para obtener réditos políticos. Hemos vivido en Colombia unos días de furia, que no solo han causado dolorosas pérdidas humanas, lesiones personales y daños materiales de muy superior cuantía, sino que han llevado a intensificar un endurecimiento de las posiciones de los radicales.

El gobierno nacional, no solo el actual, sino de tiempo atrás ha mostrado unas vacilaciones y unos equivocados enfoques, que no han respondido a la gravedad de la situación del país y a sus demandas de progreso. El propio Presidente de la República, doctor Iván Duque, que sin lugar a dudas es un hombre talentoso, tratando de situarse en un centro o punto equidistante entre los belicosos y contestatarios y el resto de la ciudadanía, ha terminado siendo rechazado por unos y otros. Lo que de alguna manera tiene cierta explicación, si se considera que quienes lo elegimos lo hicimos dándole un mandato claro que implicaba orden, firmeza, y autoridad, haciendo todos los ajustes que la opinión nacional requirió mayoritariamente en el Plebiscito del 2016.

También el señor Presidente Duque, —lo decimos con respeto por su alta investidura, falló al no informar con claridad al país de la terrible situación económica y financiera, en la que recibió el Estado y además haber demostrado un inexplicable apego por los colaboradores de Juan Manuel Santos, (y su funesto gobierno de dos períodos, el segundo de ellos tomado por asalto y arrebatado al legítimo ganador y gran responsable de la situación actual), lo mismo que no haber dado la razón a quienes hicieron posible su elección y el cumplimiento de sus promesas electorales. Además, se ha colocado en una posición de entrega, ante unas Cortes politizadas y decididamente enemigas del poder ejecutivo, lo mismo que ante un Congreso de mayoría glotona, con el que era necesario pactar para ganar la urgente gobernabilidad, en favor del país y nada más.

¿Qué pasa con los cultivos ilícitos y el tráfico de drogas? No es suficiente la erradicación manual. El Glifosato es lo que se necesita, no importa lo que digan los “sabios magistrados” y otros pocos, que por su conveniencia no dejan que se termine con ese flagelo. Lo que hace falta es voluntad, recordemos el “fast track” de Santos que con él hizo y deshizo según su voluntad. O sea que, si se quiere y hay voluntad, SI SE PUEDE.

En democracia cada uno es libre de asumir la ideología que considere, inclusive la comunista, pero respetando la Ley. El vandalismo que lleva a destruir no contribuye a las exigencias de cambio. Los que quieren tomarse el gobierno por la fuerza y no por los cauces democráticos, no buscan darle al pueblo progreso y estabilidad, lo que hacen es aprovecharse de sus carencias y demandas para lograr el poder y en su caso perpetuarse. Se ha probado que la solución no es la dictadura del proletariado. En toda la historia de la humanidad ningún régimen comunista, ha traído ni libertades ni progreso.

Sí. Hay que reclamar para demandar mejoras que nos acerquen a las democracias del primer mundo, como las europeas y no para retroceder a modelos caducos como los de Corea del Norte, Cuba o Venezuela entre otros, donde solo hay represión y miseria. ¿No será esto último lo que aspiran para Colombia? Claro que sí, no nos engañemos.

La oposición radical, integrada por diversas clases de personas, algunas de ellas de especial peligrosidad, se han comportado irresponsablemente e incendiando al país. Esas personas, sin el menor sentimiento de patriotismo, ni escrúpulo, solo quieren el poder a cualquier precio, pero no democráticamente adquirido; lo pretenden antecedido de muertes, lesiones personales, incendios, terror, ruidos estridentes y la más elevada destrucción posible de bienes públicos y particulares.

Ante tal dureza y malas intenciones, ¿cabrá la posibilidad de diálogo? Mucho cuidado, especialmente cuando de entrada quieren forzar al gobierno a suprimir el grupo de élite anti disturbios de la policía nacional, el ESMAD, que es la herramienta del Estado para controlar las asonadas, que con el nombre de “marchas pacíficas” suelen organizar por las vías y lugares públicos de las ciudades, con o sin el permiso de la autoridad respectiva, pero causando enormes perjuicios a la gran mayoría de los ciudadanos de bien, que no comparten ni autorizan que a la fuerza se les impida el derecho a la movilización y al trabajo, como también a su seguridad y la de sus familias, entre otros.

A una oposición así, es necesario tratarla con la firmeza y contundencia que da la autoridad legítima, y ese es el deber del gobernante. Así lo han hecho antecesores gobiernos. Ya en el 9 de abril de 1948, turbas incendiarias azuzadas por líderes comunistas, trataron de tomarse el poder a sangre y fuego, pero fueron controladas por la serenidad, el valor y el patriotismo del presidente Ospina Pérez. Las de hoy, ¡quien lo creyera!, buscan lo mismo con diferentes personas, que persiguen iguales propósitos de violencia.

Un tratamiento diferencial merece los estudiantes violentos, que, aupados por los políticos radicales de izquierdas, han participado en esta y en anteriores asonadas. Ellos son víctimas de la nefasta influencia que han logrado adquirir sobre sus jóvenes mentes, dirigentes comunistas veteranos, adiestrados en la guerra de guerrillas y por consiguiente muy experimentados.

El pasado sábado 30 de noviembre publicamos una entrevista del doctor Fernando Londoño en La Hora de la Verdad (recomendamos a quienes no la han escuchado que lo hagan) al analista chileno Alexis López Tapia y nos comentaba este señor, que revisando un material del proceso revolucionario en Chile, de años atrás, se encontró (en una revista que se llama “Libre Pensamiento”) con una cita que él había olvidado y que dice: “no somos contemporáneos de revueltas dispersas, sino de una única ola mundial de levantamientos, que se comunican entre sí de manera imperceptible desde Grecia hasta Chile”. Los medios en general lo califican de estallido social, que tienen un componente de crisis social. Pero esto es un modelo reconocido como REVOLUCION MOLECULAR DISIPADA.

Don Pedro Aja Castaño uno de nuestros columnistas, hace un par de días nos hizo el siguiente comentario: “Indudablemente estamos siendo asediados cínicamente por los enemigos de la patria, esta vez mediante un paro que hace parte de la estrategia conocida como la guerra civil molecular, que precede a la insurrección y la guerra abierta”.

A esto debe agregarse la complicidad de algunos rectores universitarios y docentes de educación media y superior, que profesando con intensidad la doctrina neocomunista, influyen poderosamente en sus alumnos. Precisamente en un estado democrático y de derecho se debe de fomentar el libre pensamiento, pero en el más amplio sentido de la palabra, para que los jóvenes puedan valorar con los conocimientos necesarios, las diferentes opciones políticas y no con el pensamiento único.

¿Nos preguntamos si lo que estamos viviendo hoy en día, es el modelo para las nuevas generaciones? La DEMOCRACIA no se fundamenta en tomarse las calles violentamente e incendiar unos cuantos buses. La DEMOCRACIA se hace tomándose pacíficamente las urnas, votando libre y democráticamente la opción que cada cual considere mejor. No podemos aceptar que se impongan los cambios por la fuerza, y al margen de los cauces democráticos que son la única forma de conocer verdaderamente la voluntad de la mayoría, como debe de ser.

Y antes de finalizar, quisiera expresar la gratitud que los demócratas debemos para con la Policía Nacional. Estos jóvenes policías que también tienen sus familias y sufren las deficiencias del Estado, han sido los héroes de estas terribles jornadas. Han soportado con gran fortaleza los golpes, las quemaduras, las heridas, los insultos y las humillaciones de las turbas enloquecidas y radicales.

Al señor Presidente de la República, le decimos cuidado con el propósito de algunos (no de todos), de organizar conflictos, crisis económicas y sociales, con el fin de generar inseguridad ciudadana y para conducirla al desconcierto, y dar la bienvenida a los salvadores que proponen una Constituyente. Mucha atención señor Presidente, no sea que lo lleven a aceptarla, como se lo propuso el alcalde electo de Medellín, Daniel Quintero Calle, con el peligro que esto representa, y que ha sido utilizada para consolidar dictaduras como las de Venezuela. Un lobo con piel de oveja es este personaje.

Tenemos una Constitución que podrá no ser la mejor, pero lo que falta es que se ponga en práctica. Seguramente que necesitara de algunos ajustes o mejoras, pero la propuesta de una nueva es de lo más peligroso que se ha oído, y lo peor que nos podría pasar en este momento.

Todo lo que hemos escrito en este extenso editorial, nos lleva a dos sencillas conclusiones: la primera es que, si el gobierno quiere acertar, como lo deseamos y esperamos, es necesario que de inmediato se acuerde de sus promesas electorales y gobierne de verdad con mano fuerte y determinación, o de lo contrario fracasará estruendosamente. La segunda es, que esto ya dura demasiado y estamos cansados del temor y la inseguridad, que al juntarse forman el caos. Por consiguiente, conocidas las causas, los efectos y los remedios, como lo dijo don José Ortega y Gasset, el gran pensador español, “a las cosas”, colombianos, llegó la hora de poner la casa en orden.

Es cierto que en Colombia como en otros países, tenemos que cambiar la mentalidad y hacerle un llamado de atención a los políticos, por su “chambonearía”, y mediocridad.

Nada de pedir la renuncia del Presidente Duque quien ha sido elegido democráticamente. Si el sentir ciudadano reclama cambios o reformas, que los líderes sociales y de las protestas pongan sobre la mesa sus planteamientos y que el presidente promueva, por los medios constitucionales, una consulta con el pueblo colombiano. Esta es la única forma democrática en la que los colombianos nos podemos expresar, en relación con los cambios pedidos. Claro, siempre que después se respeten los resultados y no pase como con Juan Manuel Santos con el Plebiscito del 2016.

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