RCL. Horacio Biord Castillo: Una estrella y un niño

[6/1 7:20 AM] Horacio Biord Castillo: Feliz día de Reyes
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[6/1 7:00 AM] Horacio Biord Castillo: Una estrella y un niño

6 enero, 2020

Horacio Biord Castillo nos entrega «Un cuento de Reyes»:

NOTA DEL EDITOR: bellísimo cuento de Reyes, del muy querido amigo Horacio Biord Castillo, riqueza para el espíritu, Dios los bendiga a todos.

Alfredo Coronil Hartmann

Ítaca 9 de enero de 2020.

*****

Llevaba ropas antiguas, como sacadas de un vestuario de teatro, y tenía aspecto de persona extraviada y frágil, vulnerable; pero no triste, sino más bien animosa. “¿Es usted de por aquí?”, me preguntó. Titubeaba un poco y mostraba cierta inseguridad al conectar las palabras así como un fuerte acento extranjero. Asentí sin poder adivinar el origen de aquel extraño personaje de abundante y bien cuidada barba. Nos miramos de forma breve y no sé si también inquisitiva, aunque no con animadversión o antipatía sino, sobre todo de mi parte, gran curiosidad.

Para mitigar la fuerza involuntaria de la mirada me sentí obligado a preguntarle si necesitaba ayuda, si buscaba a alguien, alguna dirección o algo en particular. “Busco una estrella y un niño”, me dijo con ese acento no nativo cuya procedencia me resultaba tan difícil de descifrar. Sus palabras, no obstante, más que plantearme un reto lingüístico me hicieron recordar un libro muy filosófico, que alguna vez leí, compuesto en estilo de historieta infantil. Insólita búsqueda, me repetía mentalmente. Supuse que de inmediato añadiría un comentario medio jocoso sobre la acción de dibujar una estrella y un niño y las diferentes interpretaciones que infantes y adultos harían de la imagen plasmada. Con alta probabilidad, señalaría que un adulto siempre identifica cualquier objeto de manera distinta a como lo puede hacer un niño. Sin embargo, para mi sorpresa, el hombre barbado nada comentó sobre esto y, tras ello, mis suposiciones se disiparon.

Buscar una estrella y un niño no era una cosa muy común, al menos en estos tiempos en los que ya casi no podemos detallar la bóveda nocturna en todo su esplendor y no hay o no vemos, al menos con tanta frecuencia, huraños dragones ni brujas malvadas que engordan chiquillos para engullirlos con gula y maldad, pensé. Muchos niños, es verdad, miran curiosos las estrellas y se hacen innúmeras preguntas sobre el nombre de cada una, el tamaño, la distancia, el brillo, la composición, su posición en el cielo y la posibilidad de que estén o no habitadas. Tal vez pocos chavales discurran que la luz que ven cuando contemplan una estrella sea muy antigua y que la estrella de la que proviene tal vez ya no exista. De niño y aún de joven me costó no poco esfuerzo entender esos temas y, ahora de adulto, muchos chicos de tanto en tanto me hacen preguntas al respecto que trato de responderles de manera sencilla.

El caballero de la barba permanecía a la espera de que le hiciese algún comentario sobre su búsqueda. Vacilé un poco, pero logré articular a tono con su aseveración una respuesta que en realidad era una pregunta. “¿Y dónde ha buscado?”, le dije sin mucho entusiasmo. Me preparé entonces para recibir cualquier contestación. Si se refería a una estrella y a un niño reales, parecía obvio que la estrella la tenía que buscar en el cielo, en un nocturno cielo estrellado, y el niño lo podía encontrar en una escuela, en un parque o en una casa de apariencia desordenada, donde nada estuviera en su lugar sino en una algarabía de gritos, juegos, saltos y carreras. No estarían juntos un niño y una estrella, aunque las siluetas de ambos se pudieran dibujar con un círculo y cinco rayas, razoné pensando otra vez en libros para adultos en formato de cuentos infantiles. De inmediato me rendí a la imagen mutante del dibujo de un niño que se transforma en estrella y de una estrella que se convierte en un niño.

“He pasado años buscando la estrella y el niño. A veces los encuentro en sitios distintos, pero mi búsqueda no ha concluido porque la estrella y el niño vuelven a aparecer por doquier. Por eso continúo explorando aquí, allá, acullá”. De nuevo aquel acento extranjero me perturbaba sin lograr responderme de dónde provendría. “¿Se le pierden la estrella y el niño o qué?”, inquirí finalmente con un tono que pudo sonar sarcástico. Se hizo entonces un largo silencio, o así lo percibí. Pensé que tal vez mi última pregunta no fuera más que una sandez o, peor todavía, una involuntaria expresión de poca cortesía para responderle a una persona de avanzada edad.

Me empezaba a incomodar aquella conversación tan extraña y poco habitual en torno a un niño y una estrella incesantemente buscados por alguien que, a fin de cuentas, no era más que un desconocido, además de extravagante y forastero. “Esa búsqueda se ha convertido en la razón, en la única razón y propósito de mi vida”, tornó a decirme. Pensé de nuevo en un libro, esta vez de autoayuda, e iba ya a esbozar una paradójica sonrisa de amabilidad y hastío, cuando el hombre declaró tranquilo y confiado que me contaría lo sucedido.

Hizo una pausa, tomó aliento quizá, y empezó a relatarme la historia. “Ese día, cuando lo supe, salí de priesa…”. El arcaísmo para nada me chocó sino que me conmovió y me dispuse a escuchar a aquel hombre de modos campechanos sin dejar de ser elegantes y refinados. “Como equipaje tomé pocas cosas y, por último, dos botellas”, declaró. En una había colocado agua para el camino y en la otra una curiosa mezcla que solía preparar, según me explicó, de corteza de loto, miel, cúrcuma y ralladura de raíz de mandrágora. Sonaba extraño todo aquello y empecé a interesarme aún más. Era una especie de jarabe que, dependiendo de la cantidad, podía utilizarse para inducir, según la necesidad, estados de somnolencia y de preterición, sueño y olvido.

A lo largo del viaje, el hombre había observado sin pausa el cielo durante horas, noche tras noche, buscando astros y luceros que le sirvieran de signos. Un día, a la aurora, cansado de tanto caminar y escudriñar los rincones y aleros de la noche, sintió sed y confundió los frascos. En vez de agua, se bebió íntegro el licor del sueño y el olvido y durmió sin acordarse de que debía despertar. Cuando lo hizo, tal vez atónito por el movimiento circundante, se halló perdido en medio de un paisaje que no reconocía, gente vestida cual forasteros y una ciudad cuyas calles no recordaba haber transitado aun superados los efectos del bebedizo. Quiso tomar agua y lavarse la cara para no parecer un mendigo, supongo. Palpando los pomos comprendió su error: el agua se conservaba íntegra en la botella y la del elixir, en cambio, estaba del todo vacía. Trató de hacer memoria, de precisar lo sucedido. Escuchó la forma de hablar de las personas cercanas y, por similitud con antiguas voces o quizá por haberlas escuchado mientras dormía, pudo entender ciertas palabras. Se incorporó y continuó su búsqueda, día tras día, año tras año. “Cada día puedo entender y valorar mejor lo que busco”, me comentó.

Tras escucharlo, uno podía suponer que habría perdido la razón o comenzaba a perderla. No sabía si compadecerme de aquel buen hombre y dejarlo allí solo, en medio de la hostilidad citadina o hacer algo por él. “Es el riesgo de beber en exceso jarabes o licores”, le dije con doble intención enfatizando las últimas palabras, consciente de que lo había tomado mucho tiempo atrás. Nos miramos nuevamente. En sus ojos, cual caricia, sentí que podía comprender mi confusión e incredulidad.

Había llegado el momento de terminar la conversación y desembrazarme de aquel sujeto amable e inquietante. No encontré otra forma que preguntarle si continuaría con su búsqueda. Asintió convencido, sin vacilar. “Es la razón, la única razón y propósito de mi vida”, me repitió con convencimiento. “Siga buscando, caballero”, le contesté como preámbulo de un cumplido final.

Nos despedimos con una ligera inclinación de cabeza. El hombre hizo ademán de proseguir su camino, pero de inmediato se volvió hacia mí. En ese momento pude advertir una mayor bondad en su rostro, una luz especial, producto quizá de la creciente claridad matutina. Entonces, ya sin el acento extranjero con el que me había hablado hasta ese momento, mirándome con ternura, lo que me hizo pensar que nos habíamos conocido antes aunque solo lograra advertirlo en ese preciso instante, me dijo como en confidencia, jugando con los tonos e inflexiones de la voz: “La estrella es el Niño y el Niño es la estrella”.

Lecherías, diciembre de 2019

Horacio Biord Castillo

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

Una estrella y un niño

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