EDUARDO CASANOVA SUCRE:

EL PARAÍSO BURLADO

Juan Francisco de León

DE GUIPÚZCOA VIENE UN BARCO CARGADO DE… (III)

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Ese mismo 19, pero desde Panaquire, emprendió León su marcha al frente de un notable contingente de hombres armados y dispuestos a no tolerar lo que se ha pretendido en su contra. Además de los pobladores de Panaquire y El Guapo, que lo acompañan, llegan con él a Caracas habitantes de Caucagua, Guatire, Guarenas y muchos otros poblados. La rebelión adquiere dimensiones alarmantes. Hay unos ochocientos hombres en armas.

Los directores de la Guipuzcoana se pusieron a buen recaudo y el gobernador convocó al Ayuntamiento para organizar la defensa de la capital. Una comisión del cabildo sale de la ciudad para encontrarse con el rebelde, que envía una carta al gobernador exigiendo la disolución de la Compañía y la expulsión de los vizcaínos. León continúa su avance, y solo accede a detenerse en la Plaza de la Candelaria (en donde tenía su casa caraqueña) a petición de un grupo de curas que intercede ante él, pero ante la noticia de que el gobernador y los vizcaínos tratan de huir de Caracas, opta por tomar la Plaza Mayor, a donde llega el 20 de abril.

Para mostrar que no viene en son de guerra contra Caracas, ordena a sus hombres que coloquen sus armas a la vista, recostadas de la pared frontal de la Catedral de Caracas. Allí perdió la oportunidad de imponer su voluntad. Se entrevistó con el gobernador y le aseguró que sus intenciones eran buenas: solo quería que no lo molestaran en Panaquire, que se disolviera la Guipuzcoana y que se expulsara a los vascos.

Pero no estaba alzado contra Su Majestad ni contra el gobernador. Esperaría en su cuartel, instalado en el Palacio Episcopal, que estaba vacío, a que se le diera una respuesta. Y la respuesta le fue favorable. El 22 se reunió una asamblea de notables, convocada por el gobernador y presidida por don Nicolás de Ponte y don Miguel Blanco Uribe, en la que se le dio la razón al invasor. Todo está bien. Juan Francisco de León se va con su gente y parte hacia España su yerno, Juan Álvarez de Ávila con otros dos hijos del país, para presentar al rey un informe y la solicitud correspondiente.

Vanas ilusiones: El gobernador los deja con cinco palmos de narices: no piensa cumplir nada de lo que prometió. Intenta huir por La Guaira, pero León lo detiene. Y vuelve a caer por inocente. Castellanos finge la expulsión de los jefes de la Compañía, León se retira a Panaquire convencido de que ha ganado su pequeña guerra, y Castellanos le escribe al rey que ha dominado toda una sublevación contra España y contra Su Majestad, Señor. León, al darse cuenta de que se le ha mentido, vuelve a las andadas, pero ahora reúne a más de ocho mil hombres y está furioso.

Castellanos no resiste. Es destituido y debe entregar el mando a Fray don Julián de Arriaga y Rivera, que ha venido al término de la distancia al frente de mil quinientos hombres y en pie de guerra. Pero pronto se da cuenta de que Castellanos, que ha tenido que regresar a España, universalmente repudiado y ahora olvidado por los que habían alquilado sus servicios, le mintió al rey cuando habló de una sublevación general. Dicta Arriaga una amnistía, a la que se acogen, entre otros, León y sus hijos, y trata de calmar el país.

La Guipuzcoana intriga en la corte para que saquen a Arriaga, al darse cuenta de que no se deja alquilar ni comprar. Y lo consigue. El 22 de junio de 1751 llega a Caracas, al frente de doscientos soldados veteranos, don Felipe Ricardos, nuevo gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, que no disimula su relación con la Guipuzcoana. Hay un nuevo intento por parte de Juan Francisco de León y sus hijos, que por un tiempo parece ir bien encaminado. Ricardos, el hombre de la Guipuzcoana (pero no como Castellanos, alquilado, sino comprado de un todo) ataca con toda su fuerza y su experiencia, contra las cuales León y sus hombres apenas pueden oponer la razón.

El gober­nador promete solemnemente un perdón general para los sublevados. Y no cumplió. León, su hijo Nicolás, Gaspar y Lorenzo de Córdova, Pablo Cazorla y Matías de Ovalle fueron remitidos con grillos y cadenas a España. Pronto recobraron la libertad, pero con la condición de que se alistaran en un ejército que iba al África. Todos pudieron regresar a Venezuela, menos Juan Francisco, que murió a los sesenta años y sin sospechar que había pasado a la historia como un héroe, cuya memoria es exaltada en una pequeña estela en la Plaza La Candelaria, en donde estuvo su casa caraqueña y por un busto en una quieta y arbolada plaza triangular, en Panaquire.

Y mucho menos que había inaugurado un estilo de equivocarse en Venezuela, estilo que llevaría a su grado máximo el general José Manuel Hernández, el “Mocho”. La Guipuzcoana, que creyó triunfar con la compra de Ricardos, descubrió que había quedado malherida al enfrentarse a Juan Francisco de León, que no tenía formación militar ni política. Era un comerciante canario, honrado y trabajador como demostraron serlo, a lo largo de la historia, los comerciantes canarios radicados en Venezuela, y se sintió atropellado por los factores de la Compañía Guipuzcoana, pero fue tan cándido que no llegó a enterarse de que en realidad había logrado lo que se propuso. Tampoco pudo, desde luego, imaginarse que había sembrado una rebelión y que, como siempre, la cosecha no era sino cuestión de tiempo.

La Compañía Guipuzcoana, para derrotar a aquellos hacendados y campesinos se dejó ver tal como era, y lo que vieron los encargados de conducir las Españas, las de ambos lados del Océano Atlántico, no era nada admirable, así que en 1781 perdió el monopolio del comercio venezolano y en 1785, después de soportar por algún tiempo la cesación de sus privilegios, fue disuelta mediante Real Cédula del 10 de marzo. Sus bienes pasaron a formar parte de la Compañía de Filipinas, que no tenía el comercio exclusivo, pero sí el favor oficial y un capital que ningún grupo privado podría reunir.

Se convirtió en el vehículo de exportación del café venezolano, pero su trabajo no bastó para evitar lo inevitable. Como lo demuestra P. Michael McKinley en su libro “Caracas antes de la independencia” (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993), la economía de la Provincia de Venezuela creció notablemente en todos los rubros (menos en el de circulante) a raíz de la salida de la Guipuzcoana. También sostiene McKinley, y no le falta razón, que la armonía social era la norma en Venezuela entre esa salida y el momento en que se inició la Guerra de Independencia, que debe atribuirse más a la voluntad de un grupo minoritario hasta extremista y a la torpeza de las autoridades españolas, que a las causas económicas y sociales que generalmente se han aducido.

Veinticinco años después de la muerte de la Guipuzcoana, no lejos de su sede caraqueña en la esquina de Sociedad, los caraqueños echarían también al poder español. Y toda Venezuela, toda la América española, terminaría por seguir el mismo camino que empezaron a recorrer los mantuanos caraqueños. El camino de la libertad. Es bueno aclarar que aquel ensayo general fue, en definitiva, muy distinto a la obra que se estrenó en 1810. Para empezar, Juan Francisco de León era un blanco de orilla, y se alzó contra los blancos peninsulares, mientras que en 1810 los blancos criollos fueron los alzados y los blancos de orilla no solo no los acompañaron, sino que lucharon contra ellos. Empezaban los tiempos de la locura.

FIN

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