Eduardo Casanova Sucre: POR ESPAÑA, CONTRA ESPAÑA… (III).

EL PARAÍSO BURLADO

Placa conmemorativa del sitio donde muere José María España en la plaza Bolívar del centro de Caracas

POR ESPAÑA, CONTRA ESPAÑA… (III)

 Eduardo Casanova SucreAméricaHistoriaPolíticaVenezuelaUn comentario

Atrás había dejado la chispa que encendió el incendio de la América española y un grupo de conjurados que, tal como el suyo, vio fracasar su conspiración porque alguien, el 13 de julio de 1797, tres días antes de la fecha en que debía iniciarse el movimiento, delató a sus inspiradores ante el gobernador y capitán general, don Pedro Carbonell. Aun cuando ya sabían que las autoridades estaban al tanto de su iniciativa, Gual (que iba a ser Presidente de la nueva República) y España siguieron adelante con ella y subieron, en plan de combate, hasta La Cumbre, el famoso bastión que resultó inútil ante el ataque de los ingleses en 1595, pero que ahora, doscientos dos años más tarde, sí sirvió para atajar a los partidarios de la libertad republicana.

Ya el 16 de julio el movimiento estaba vencido, y Gual y España se contaron entre los pocos que pudieron escapar hacia las Antillas. España, después de estar un tiempo en Curazao, fue a Guadalupe y varias de las islas, hasta llegar a Trinidad, que ya estaba en poder de los ingleses.

Tanto Gual como España hicieron cuanto les fue posible por revivir su revolución, tarea en la cual, entre otras dificultades, se encontraron con la ambigüedad británica, que más que apoyar la Independencia de las colonias españolas, deseaba quedarse con ellas. España entró clandestinamente a territorio venezolano en los primeros días de 1799. Luego de pasar por Barcelona (la de Venezuela), llegó a La Guaira a fines de enero y terminó ocultándose en los altos de su casa.

Delatado por un esclavo, que seguramente aspiraba a la recompensa de cinco mil pesos ofrecida por el gobierno (y lo que consiguió fue quedar preso por sospechoso), España logró burlar por un breve tiempo a las autoridades españolas, que se llevaron a su mujer. La noche del 29 al 30 de abril fue por fin capturado y enviado con una fuerte escolta a Santiago de León de Caracas, mientras en La Guaira perdían la libertad (y la vida) muchos de sus amigos.

El recién llegado gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, Manuel de Guevara y Vasconcelos, que había tomado posesión poco más de tres semanas antes de la captura de España, a pesar de que “el Rey, por vía secreta, había recomendado clemencia” y ese gesto de la corte era plenamente conocido en Caracas (Sucre, Luis Alberto), actuó con mano dura y sin dar la más mínima muestra de piedad: ordenó que al reo se le siguiera juicio sumarísimo, del que no podía salir sino condenado a muerte.

José María España enfrentó a sus captores y pretendidos jueces con altivez y seguridad, y el 6 de mayo fue condenado a la pena capital por el tribunal, integrado por Guevara y Vasconcelos (que moriría el 9 de octubre de 1807 de un ataque de apoplejía, después de conducir con mano cruel la agonía del imperio español en tierras ve­nezolanas), Antonio López Quintana (el Regente de la Real Audiencia de Caracas, que murió en 1814, en España, cuando ya el Imperio desaparecía), Francisco Ignacio Cortines, que moriría en Quito cuando ejercía el cargo de Regente de la Audiencia) y José Bernardo de Asteguieta, oidor también, que murió en el más absoluto anonimato.

Ordenaba la atroz sentencia que José María España fuera “sacado de la cárcel arrastrado a la cola de una bestia (…); que muerto naturalmente en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza y descuartizado: Que la cabeza se lleve en una jaula de fierro al Puerto de La Guaira y se ponga en el extremo de una viga de 30 pies que se fijará en el suelo a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas; que se ponga en otro igual palo uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado, a quienes sacó del puerto de la Guaira y proporcionó la fuga; otro en la vigía de Chacón en donde tuvo ocultos a los citados reos de Estado; otro en el sitio llamado Quita Calzón, río arriba de La Guaira, en donde recibió el juramento de rebelión contra el Rey; y otro en la cumbre donde proyectaba reunirlas gentes que se proponía mandar” (García Chuecos, Héctor, “Documentos relativos a la Conspiración de Gual y España”, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Caracas, Venezuela, 1949).

El esclavo que lo delató fue manumitido y dotado de una pensión, que poco debe haber por quitarle de la conciencia su tacha de Judas. Un judas que cobró menos que el otro, pues la recompensa de cinco mil pesos se la repartieron entre los jefes españoles que la habían ofrecido. La sentencia fue cumplida en la esquina de Principal, cerca de la pared de la Cárcel Real (en donde hoy existe un par de placas de mármol que recuerdan el hecho), el 8 de mayo de 1799, mientras los altos empleados de la administración española veían el espectáculo desde los balcones del Ayuntamiento, en donde apenas unos años después nacería la República.

Según Juan Vicente González (Citado por José Eustoquio Machado, “El día histórico”, Caracas, 1919, Reed: Oficina Central de Información, OCI, Caracas, Venezuela, 1970. pp. 218-219) el sacerdote Juan Vicente Echeverría, de origen godo, luego de acompañar a España en sus últimos instantes y de cumplir con los sacramentos de la religión cristiana, a continuación de que juntos rezaron, más por la vida que por el sueño que se partía, habría dicho una bella oración fúnebre, que parece escrita más bien por la pluma de González que recogida por algún testigo. La oración termina con estas palabras: “¿Qué te diré yo, amigo mío, que dé paz sobre los caminos públicos a tus huesos áridos y lleve un consuelo a tu inconsolable esposa? Que la mano del hombre no es la mano de Dios; su balanza no es la de los poderosos de la tierra, y que mientras éstos hieren aquél corona… Yo debo detenerme aquí en medio de la turbación que domina mi espíritu. Mi fe es de mi rey; dejadme mis lágrimas para mis amigos”.

Son palabras del romanticismo, no del tiempo más ordenado del barroco, que era el del instante de su pronunciación. La revolución de Caracas tenía ya su primer mártir. Muchos, cuyos nombres recoge o no la Historia, vendrían después. La mujer de José María España, Joaquina Sánchez, fue la primera heroína, presa por los españoles y condenada no solo a una viudez prematura, sino además, a ocho años de reclusión en la Casa de la Misericordia, en Caracas. Cuando el panorama había cambiado, frente a la torre de la catedral, el 14 de julio de 1811, los hijos de José María España, Prudencio y José María, cadetes ambos, fueron los encargados de izar la nueva Bandera Nacional luego de que el retrato de su padre fuera colocado en los salones de la Sociedad Patriótica, en donde por influencia de Francisco de Miranda y acción de Simón Bolívar, entre otros, se había iniciado la acción independentista a cielo abierto, como desagravio y homenaje a la memoria de aquel primer mártir, que sería solo el primero entre miles, decenas de miles, centenares de miles de mártires de una patria que nacería con demasiado dolor, con demasiada furia.

FIN

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España, después de estar un tiempo en Curazao, fue a Guadalupe y varias de las islas, hasta llegar a Trinidad, que ya estaba en poder de los ingleses. Tanto Gual como España hicieron cuanto les fue posible por revivir su revolución, tarea en la cual, entre otras dificultades, se encontraron con la ambigüedad británica, que más que apoyar la Independencia de las colonias españolas, deseaba quedarse con ellas. España entró clandestinamente a territorio venezolano en los primeros días de 1799. Luego de pasar por Barcelona (la de Venezuela), llegó a La Guaira a fines de enero y terminó ocultándose en los altos de su casa. Delatado por un esclavo, que seguramente aspiraba a la recompensa de cinco mil pesos ofrecida por el gobierno (y lo que consiguió fue quedar preso por sospechoso), España logró burlar por un breve tiempo a las autoridades españolas, que se llevaron a su mujer. La noche del 29 al 30 de abril fue por fin capturado y enviado con una fuerte escolta a Santiago de León de Caracas, mientras en La Guaira perdían la libertad (y la vida) muchos de sus amigos. El recién llegado gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela, Manuel de Guevara y Vasconcelos, que había tomado posesión poco más de tres semanas antes de la captura de España, a pesar de que “el Rey, por vía secreta, había recomendado clemencia” y ese gesto de la corte era plenamente conocido en Caracas (Sucre, Luis Alberto), actuó con mano dura y sin dar la más mínima muestra de piedad: ordenó que al reo se le siguiera juicio sumarísimo, del que no podía salir sino condenado a muerte. José María España enfrentó a sus captores y pretendidos jueces con altivez y seguridad, y el 6 de mayo fue condenado a la pena capital por el tribunal, integrado por Guevara y Vasconcelos (que moriría el 9 de octubre de 1807 de un ataque de apoplejía, después de conducir con mano cruel la agonía del imperio español en tierras ve­nezolanas), Antonio López Quintana (el Regente de la Real Audiencia de Caracas, que murió en 1814, en España, cuando ya el Imperio desaparecía), Francisco Ignacio Cortines, que moriría en Quito cuando ejercía el cargo de Regente de la Audiencia) y José Bernardo de Asteguieta, oidor también, que murió en el más absoluto anonimato. Ordenaba la atroz sentencia que José María España fuera “sacado de la cárcel arrastrado a la cola de una bestia (…); que muerto naturalmente en ella por mano del verdugo, le sea cortada la cabeza y descuartizado: Que la cabeza se lleve en una jaula de fierro al Puerto de La Guaira y se ponga en el extremo de una viga de 30 pies que se fijará en el suelo a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas; que se ponga en otro igual palo uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto en donde ocultó otros gravísimos reos de Estado, a quienes sacó del puerto de la Guaira y proporcionó la fuga; otro en la vigía de Chacón en donde tuvo ocultos a los citados reos de Estado; otro en el sitio llamado Quita Calzón, río arriba de La Guaira, en donde recibió el juramento de rebelión contra el Rey; y otro en la cumbre donde proyectaba reunirlas gentes que se proponía mandar” (García Chuecos, Héctor, “Documentos relativos a la Conspiración de Gual y España”, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Caracas, Venezuela, 1949). El esclavo que lo delató fue manumitido y dotado de una pensión, que poco debe haber por quitarle de la conciencia su tacha de Judas. Un judas que cobró menos que el otro, pues la recompensa de cinco mil pesos se la repartieron entre los jefes españoles que la habían ofrecido. La sentencia fue cumplida en la esquina de Principal, cerca de la pared de la Cárcel Real (en donde hoy existe un par de placas de mármol que recuerdan el hecho), el 8 de mayo de 1799, mientras los altos empleados de la administración española veían el espectáculo desde los balcones del Ayuntamiento, en donde apenas unos años después nacería la República. Según Juan Vicente González (Citado por José Eustoquio Machado, “El día histórico”, Caracas, 1919, Reed: Oficina Central de Información, OCI, Caracas, Venezuela, 1970. pp. 218-219) el sacerdote Juan Vicente Echeverría, de origen godo, luego de acompañar a España en sus últimos instantes y de cumplir con los sacramentos de la religión cristiana, a continuación de que juntos rezaron, más por la vida que por el sueño que se partía, habría dicho una bella oración fúnebre, que parece escrita más bien por la pluma de González que recogida por algún testigo. La oración termina con estas palabras: “¿Qué te diré yo, amigo mío, que dé paz sobre los caminos públicos a tus huesos áridos y lleve un consuelo a tu inconsolable esposa? Que la mano del hombre no es la mano de Dios; su balanza no es la de los poderosos de la tierra, y que mientras éstos hieren aquél corona… Yo debo detenerme aquí en medio de la turbación que domina mi espíritu. Mi fe es de mi rey; dejadme mis lágrimas para mis amigos”. Son palabras del romanticismo, no del tiempo más ordenado del barroco, que era el del instante de su pronunciación. La revolución de Caracas tenía ya su primer mártir. Muchos, cuyos nombres recoge o no la Historia, vendrían después. La mujer de José María España, Joaquina Sánchez, fue la primera heroína, presa por los españoles y condenada no solo a una viudez prematura, sino además, a ocho años de reclusión en la Casa de la Misericordia, en Caracas. Cuando el panorama había cambiado, frente a la torre de la catedral, el 14 de julio de 1811, los hijos de José María España, Prudencio y José María, cadetes ambos, fueron los encargados de izar la nueva Bandera Nacional luego de que el retrato de su padre fuera colocado en los salones de la Sociedad Patriótica, en donde por influencia de Francisco de Miranda y acción de Simón Bolívar, entre otros, se había iniciado la acción independentista a cielo abierto, como desagravio y homenaje a la memoria de aquel primer mártir, que sería solo el primero entre miles, decenas de miles, centenares de miles de mártires de una patria que nacería con demasiado dolor, con demasiada furia.

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